DINERO (お金)

okane

Hay aquellas personas que parecen hablar y escribir sobre el Budô como si las formas marciales estuvieran por encima de lo mundano y sucio del comercio: artes seguidas por su gozo estético y muy divorciadas de cualquier pensamiento impuro de dinero. Esta es una noción casi completamente ridícula. El funcionamiento de un dôjô no está exento de gastos. Hay algunos locales propios que incurren en gastos de luz, agua, arbitrios, impuestos, como cualquier edificación que se dedique a una actividad. Si el espacio es alquilado o tomado con un préstamo o hipoteca, será necesario recaudar los fondos cada mes para honrar esas deudas. Algunas áreas de formación se encuentran en locales o instalaciones públicas o semipúblicas y es por lo que los gastos se reducen al mínimo. Pero es extremadamente inusual que alguien vaya a tener acceso a un dôjô que sea “gratis”. (*)

Además, es irresponsable sugerir que la propia práctica Budô es barata. Cuando empecé en el Budô a finales de los años sesenta, los mejores uniformes de judo o karate estaban a un costo menor que el precio que ahora se puede llegar a pagar por el cinturón de un uniforme. Incluso entonces, había gastos en equipo de entrenamiento, viajes por prácticas especiales, tarifas por visitar profesores o seminarios – todos estos gastos caben esperarse como parte de la formación en el Budô. Y en muchos casos, el profesor puede estar gastando la totalidad o parte de sus ingresos para su instrucción, por lo que tendrá cuotas asignadas para eso también. A modo de vocabulario, las cuotas mensuales para la formación se llaman Gessha (月謝) en japonés. El dinero pagado por seminarios o instructores invitados suelen ser cortésmente llamados Sharei (謝礼) u O-rei (お礼), ambos significan “gracias”, con la implicación de que el agradecimiento es en la forma de una remuneración.

Algunos estarán desilusionados – incluso sorprendidos – que los sensei de artes marciales ganen algún dinero a través de su enseñanza. Las personas pueden tener una visión idealizada del maestro de Budô. A menudo prefieren pensar que él está motivado en su totalidad por un amor hacia el arte y el sincero deseo de transmitirlo y ¿por qué profanar todo el asunto por el dinero? En algunos dôjô, el sensei participa de esta farsa. Los honorarios se deslizan discretamente debajo de la puerta o de otra manera indirecta y todo el asunto de las cuotas se menciona únicamente de forma oblicua en todo caso. Por supuesto, hay otros lugares, donde el dinero parece ser el único objetivo del maestro. Todos los precios se ponen arriba en la pared como un menú, como si uno estuviera en un almuerzo.

En un dôjô serio, por lo general hay un compromiso entre la mentalidad financiera y la del guerrero asceta que está más allá de las preocupaciones de mal gusto o lucro. Pero el dinero es siempre un factor. Siempre ha sido así. Durante la época feudal, había instructores profesionales de las artes marciales. Se les pagaba bien como contratistas independientes o recibían un estipendio por su enseñanza como una parte del sueldo del señor a quien servían. Mucho se ha hablado del supuesto hecho de que el samurai estaba “Por encima” del dinero y en realidad le estaba prohibido llevarlo o usarlo. La clase guerrera fue prohibida en varios momentos de la historia japonesa de participar en el comercio. Pero, por supuesto, recibía un sueldo, por lo general en forma de estipendio. Sin embargo, esta imagen del samurai y su desdén por el dinero es muy fuerte, incluso entre los japoneses modernos. Esto sin duda, contribuyó a la suposición de que un cumplimiento sincero del Budô implica que uno nunca debe preocuparse por el dinero.

El dinero se convierte en un problema y un obstáculo para el dôjô cuando se convierte en la principal preocupación – cuando ello y no la perfección de la técnica son lo fundamental. Hay aquellos maestros que miran el Budô u otras artes combativas asiáticas como un negocio y lo abordan desde ese punto de vista. Las decisiones sobre el tipo de clases, sobre los horarios, sobre a quién se le permitirá entrenar; cuando éstas se basan en obtener un beneficio, otras consideraciones que deben ser más importantes, tienden a ser dejadas de lado o descuidadas. La enseñanza, ya sea en un jardín de infantes o en un taller de cerámica o en un dôjô lleno de Budokas, no es un trabajo normal. Incluso si uno está bien pagado, la motivación para enseñar a otros, para el intercambio de conocimientos, debe emanar de un estímulo más profundo. Debes de ser capaz de determinar con bastante rapidez si esto está presente en un Sensei. Es imposible ocultar el propio entusiasmo por enseñar a otros; es igualmente difícil de ocultar si la motivación real está haciendo un beneficio a uno.

(*) Como toda regla, siempre hay excepciones. Existen “maestros” que enseñan gratis o casi gratis, con la finalidad de atraer adeptos, gente que les haga sentirse admirados y respetados, que le llenen el “ego”.

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